¿Hipervigilancia? Por qué siempre estás en alerta y cómo recuperar tu tranquilidad

Jesús Daniel Sixtos Cruz

El día de hoy te contaré sobre la hipervigilancia, uno de los síntomas más estresantes que existen.

Imagina que un día te despiertas y notas un pequeño lunar en tu antebrazo. Te preguntas si siempre estuvo ahí y empiezas a buscar en tus recuerdos alguna interacción previa con ese lunar, pero no encuentras nada y la incertidumbre te hace sentir inquietud. Piensas que podría ser algo peligroso, te obsesionas con la idea de que es anormal y comienzas a tocarlo constantemente. La zona se pone roja y te preguntas si será más que un simple lunar, o si estarás enfermo de algo grave. Lo observas todo el tiempo: cuando te bañas, comes, trabajas, descansas, incluso en el baño. Así, el lunar se convierte en lo más importante para ti, llevándote a cuestionar si es normal o una enfermedad seria.

Este proceso se desarrolla con base en características específicas asociadas a experiencias previas potencialmente peligrosas o traumáticas, o a interpretaciones erróneas derivadas de conclusiones precipitadas e inexactas. Como resultado, el cuerpo se activa de manera repentina, generando fatiga, estrés, ansiedad y una hiperactivación de las respuestas fisiológicas para afrontar la amenaza percibida, lo que puede contribuir a un malestar persistente.

Los sistemas sensoriales humanos detectan estímulos del entorno y, en ocasiones, generan interpretaciones precipitadas acerca de posibles amenazas, lo que puede activar respuestas anticipatorias, confusas o inexactas. Como resultado, el organismo entra en un estado de alerta física ante una amenaza percibida, aunque no siempre corresponda a peligros reales. De esta manera, la hipervigilancia es considerada un síntoma transdiagnóstico, ya que se presenta en numerosos trastornos, no solo en los relacionados con la ansiedad.

Los estilos de crianza juegan un papel clave en el desarrollo de la hipervigilancia: si las niñas y los niños no desarrollan habilidades para regular sus emociones en el entorno familiar, pueden afrontar situaciones de miedo mediante reacciones intensas (como gritos, amenazas o expresiones de temor por parte de quienes les cuidan). Esto favorece la asociación de eventos cotidianos con una alerta permanente para evitar daños psicológicos, físicos, verbales etc., promoviendo respuestas basadas en miedos irracionales en lugar de estrategias orientadas a la resolución de problemas y la reflexión.

La hipervigilancia surge ante situaciones de estrés prolongado que elevan el cortisol, implicando la activación excesiva del sistema límbico y la amígdala, responsables de regular emociones y detectar amenazas. Sus efectos incluyen irritabilidad constante, problemas para resolver conflictos, dificultad para dialogar, alteraciones del sueño, tensión muscular, aislamiento social y respuestas exageradas a estímulos diversos.

Para abordar la hipervigilancia, cambia los pensamientos intrusivos por otros más flexibles y coherentes. Practica exposición gradual a los estímulos que generan miedo, siempre con ayuda profesional. Ejercicios físicos, meditación, yoga ayudan a relajarte y mejorar aspecto importantes como el sueño.

Si presentas hipervigilancia no te preocupes, acude con un profesional para disminuir su impacto, aprender a afrontarlo asertivamente y sanar. Recuerda: lo más difícil solo está en los primeros cinco minutos.

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