BIENVENIDOS

Hace tiempo surgió una idea: por muy simple en aquel momento, parecía cosa sencilla y, sin embargo, el tiempo se encargó de valernos la dificultad de maneras insospechadas. Una cosa sí teníamos clara: compartir en comunidad un trabajo que facilitara los medios de calidad para construir puentes de inclusión donde la comunidad participara firmemente en una modificación de las condiciones presentes en su momento. Queríamos construir un imaginario colectivo que estaba presente en nosotrxs. Fantaseábamos con construir un mundo casi inimaginable donde la corrupción, el nepotismo y todos los demás síntomas del capitalismo eran leyendas para espantar a lxs más pequeñxs el riesgo de perder la empatía y honestidad humana. Sabíamos (o desconocíamos) que el camino para aquello pasaba por la organización. Pero ¿cómo? Pensábamos que construyendo espacios de salud, cultura, educación servirían de plataforma para crear aquello que deseábamos, realizábamos planes para dividirnos el trabajo; los lunes tocaría hablar sobre las condiciones socioeconómicas, el martes repasaríamos los grandes acontecimientos de la historia que marcaron el rumbo del proletariado, el miércoles talleres de resistencia y rebeldía, el jueves… Naturalmente éramos egoístas, sobretodo, ingenuos. Corría el año 2000 y aún retumbaba en nosotros un fervor adolescente demasiado impulsivo, incoherente, contradictorio. Sentíamos la necesidad de comenzar porque para nosotrxs, se nos acababa el tiempo de las grandes transformaciones. Ahora, el tiempo ha perdido esa dimensión pueril de antaño. Nos dividimos como suele pasar en ciertos momentos de la vida, donde las personas al final individuales, buscan caminos propios, ideas propias, amores románticos… Afortunadamente o desafortunadamente (para el caso, lo mismo) vivimos realidades diferentes pero casi siempre similares o lo más cercano al profundo sentimiento de rabia, impotencia por ver la naturalización en la sociedad de ciertas situaciones que parecían catastróficas.

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Conciencia que camina

Han pasado casi 10 años y ahora, gracias a ese recorrido y las fallas constantes a las que nos vimos sometidos conseguimos crecer en ciertos sentidos y eso nos llevó a generar respuestas tan diferentes entre sí, pero tan hermanadas como las que más, dado nuestros sueños latinoamericanos de emancipación total. Entre tantos pensamientos, tantas ideas, algunxs, los que quedamos en el camino, pensamos un proyecto que nacería en su forma virtual y que se llamaría “Llama Candente.” Ese primer escalafón nos permitió conocernos a nosotrxs mismos en tanto contenido pensábamos, sería determinante para una transformación y participación social, cuanto que salíamos a realizar pequeñas labores de campo desde nuestras distintas realidades: conversábamos horas por la red (en aquél tiempo ICQ nos salvó de tantos infortunios) sobre nuestras experiencias simples, incompletas pero gratificantes a más no poder. Pensábamos, como actualmente lo hacemos que la primera regla existente para trabajar sería la honestidad de ese trabajo, de un acercamiento con las comunidades, aprender de sus desarrollos, fortalecernos de sus experiencias, luchar en su conjunto. Definíamos pues, nuestro sendero hacia la Resistencia. Nuestra juventud había crecido de manera diferente a la gran mayoría de nuestrxs contemporánexs; hablábamos de política si se desea, de manera ingenua y poco comprensible formando nuestros primeros balbuceos de lecciones políticas y de fraternidad. Cuando veíamos el rostro de los demás veíamos el mismo destino nuestro y, de manera automática, volvíamos a lo nuestro sin tanta distracción. Fueron épocas de gran emoción de interminables errores, de grandes aprendizajes, de encuentros enriquecedores. Y para entonces, era muy tarde pensar en tener una vida al estilo de la inconformidad con nuestra realidad. La misma nos había absorbido desde nuestras cartografías y mostrado lo que puede hacer el individualismo. Nunca pensamos que podría en algunos casos a valer más que la vida humana ¡Cuán nobles éramos! Ahí, en ese punto sin retorno nos replanteamos nuestros trabajos, nuestras propias vidas, los proyectos nacidos en un solsticio y reubicados en el crepúsculo. Macondo fue diseccionado en nuestro cinco veces laureado centro de investigación de memoria social. Nos propusimos a revisar todo lo que estuviera a nuestro alcance, estudiar, participar como locxs hasta que pudiéramos acercar con el clavo correcto. Por aquel entonces formamos un pequeño colectivo denominado “Dientes de Dragón”, que pasó sin pena ni gloria por el mundo de los movimientos sociales pero que, nos formó en cuanto al conocimiento de las exigencias sociales de los individuos frente a lo que hoy nuestrxs compas zapatistas mencionan tan notablemente: la hiedra capitalista. Participar en ese colectivo muy nuestro nos permitió conocer de primera mano las injusticias que ocurren en la sociedad, la ausencia de planificación y ejecución para una eficacia y funcionalidad de diferentes servicios. Vimos y vivimos el compadrazgo, el burocratismo como nunca antes lo habíamos experimentado, ni siquiera sentido en su abierta y más cara expresión de distinción de clases. Nos mostró al coloso de los pies de barro y su infinita podredumbre interna. Pero también nos mostró que si éramos capaces de caminar todo ese recorrido juntxs lo que vendría después podría decirse, que nos enseñamos a soñar.

Por aquel entonces nos metimos en las sombras de nuestras propias comunidades, veíamos, aprendíamos, nos mostraron los rostros plurifuncionales con los que cuenta y también los tiempos que podrían ocurrir si no se tenía cuidado. Ese trabajo de campo, iba acompañado de un borrador de nuestro paso por las universidades. En él, la idea de un lugar al interior de la comunidad, que respondiera al unísono ante la indiferencia de los sectores gobernantes no parecía nada fuera del mundo. El nombre de Martín-Baró ya se hacía presente en algunxs de nosotrxs y la memoria histórica presente en nuestros trabajos previos terminó por ser una mezcla empática en el primer instante. La figura de “Nacho” se envolvía bajo un cálido manto; una vida dedicada a un pueblo que lo hizo muy suyo hasta el final de sus días. Sabíamos que el trabajo sería demasiado, con sueños entre vivos en un país donde sus gobernantes pareciera, aman la muerte y destrucción. Sabíamos que antes de un éxito en nuestro trabajo tendríamos que ganarnos ese respeto, el sello de aprobación de una comunidad dejada a su suerte, salvo en periodos electorales, claro. Nos enfrentábamos a una estructura social constituida por la impunidad, la desigualdad, la injusticia, pero conocíamos desde hacía tiempo que nuestra alegría era lo único que jamás habían podido conquistar y eso era ya una victoria de voces armoniosas. Sabíamos que para entrarle pues, había que salir primero y para abrir había que cerrar. Y cerramos una mañana y, a la siguiente, con más ideas que hechos, entramos justo después de salir y un poquito antes de cerrar. De ahí que un 18 de mayo esa aventura haya dado a todo esto un comienzo, un grandioso comienzo.

Creamos el Centro Comunitario Martín-Baró como aquélla respuesta que tanto hacía falta en ese momento, solo que de manera totalmente diferente: la idea que son las propias comunidades, con los recursos propios y el trabajo constante y solidario de todos los actores sociales que, esas transformaciones pueden ser una realidad, son una realidad y hoy pueden y deben brindar esperanza en tiempos lúgubres y aterradores en nuestro contexto nacional.  Para nosotros que formamos parte del Centro Comunitario Martín Baró el deber primero que tenemos es la inclusión de los sectores desfavorecidos, las comunidades olvidadas, de los individuos individualizados de la sociedad. Creemos fervientemente que el acercamiento con la comunidad brindará frutos de transformación social que permitirán mejorar las condiciones cotidianas actuales en tanto que cada una de las parte integrantes promueva, desde sus respectivas ideas, cosmovisiones, etc., un ángulo participación que permita la reformulación de la construcción de realidades muy nuestras.

Esta situación permite el nacimiento del Martín-Baró como respuesta para afrontar esas condiciones transformando y creando espacios de salud, cultura, recreativos, de investigación, intervención comunitaria, acompañamiento psicosocial, cursos dirigidos a perfeccionar las herramientas de los profesionales de la salud, social y, lo fundamental: la solidaridad con nuestras comunidades de manera que nuestra conciencia se convierta en el regalo para nuestras generaciones futuras. En realidad nuestras grandes maestras de cada aventura donde hemos estado, nos han enseñado que las realidades no son jerárquicas, ni mucho menos mecánicas sino todo lo contrario: complejas redes de dinámicas que sorprenderían a más de uno pero que, tienen un efecto consciente en su quehacer, sobretodo, una capacidad de contradecir los efectos negativos del sistema capitalista. Desde el comunitario afirmamos que la característica que debemos trabajar juntxs en un acto de compartición es la generación de conciencias colectivas que tengan un único propósito: la trasformación social. Una conciencia para amar, una conciencia para resistir, una conciencia para recordar, una conciencia para transformar, una conciencia que camina.

No queda mucho por decir, salvo dar las gracias por permitirnos estar en contacto a pesar de la distancia, a pesar del tiempo, a pesar de conocernos o sin conocernos que este espacio, el CECOMABA se une al largo pero amado sendero de la Resistencia y la solidaridad de los pueblos que luchan por sus derechos y su libertad.

Gracias.

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