El incendio de la asfixia. Reflexiones sobre Minneapolis

Foto tomada de la red UC Breaking News
“Llegará el día en que la historia hablará. Pero no será la historia que se enseña en Bruselas, París, Washington o las Naciones Unidas… África escribirá su propia historia, en el norte y el sur, y será una historia de gloria y dignidad.” Patrice Lumumba

Lo que tenemos por delante en Minneapolis no se trata solo de un hecho aislado. Dentro de las situaciones presentes en Estados Unidos, existe un mensaje político nítido, cuestiones del liberalismo, donde la idea de la libertad es una batalla perdida de las mayorías y ganada para la clase oligárquica. Al menos en una teoría política que no contempla las aspiraciones más humanas de una población históricamente vilipendiada por unos, y por otros.

A partir del asesinato de George Floyd a manos de un elemento de policía, asfixiándolo con su rodilla sobre su cuello, ha generado malestar, indignación y una respuesta inesperada de la comunidad afroamericana radicada en aquel país, donde el análisis anticipado nos permite observar una paradoja estrellada ante las movilizaciones sociales de las últimas semanas. La sociedad estadounidense ha sido condicionada sobre esquemas de superficialidad de consumo que tratan, en todo momento, de especificarse en relación a otras y, casi al mismo tiempo, sobre sí misma, en definiciones de modelos implorados sobre un standing de gran demanda. La estructura social modificó los lazos colectivos que habían llevado a una resistencia permanente a las minorías en aquel país, cuyo ascenso demográfico se impulsó ante el crecimiento de los Estados Unidos y la ampliación (más no inclusión) de sectores vulnerables a cubrir necesidades específicas de esa incipiente nación. En el camino y mediante la gentrificación de las ciudades más importantes de aquel país del norte, una segregación social, caracterizada por síntomas patológicos individualizantes se hicieron presentes en sensibilidades específicas de la sociedad, caracterizando un periodo de somnolencia, donde la identificación de la superioridad, el orgullo y la falsa idea de una doble mejilla, podrían apaciguar los males que caracterizaron todos los actos de racismo en los diferentes estados de la unión estadounidense. Y aún, presentes en la cotidianeidad, bajo el discurso de las democracias representativas, la tolerancia y la libertad, se mantenía en el discurso legitimador, puesto que esa segregación racial y geográfica coincidía con el pensamiento social sobre la peligrosidad de las zonas vulnerables, como si de un virus se tratara, cayendo en el olvido y la indiferencia por mucho tiempo, en tanto que el capitalismo se dispuso en su faceta más agresiva, económicamente hablando, a quitar el sentido de identidad que tanto había costado en movilizaciones y de cuyas pesquisas solo quedarían, durante más de tres décadas, el discurso de la importancia colectiva, aunque florecía en las cogniciones colectivas de la población afroestadounidense, un síntoma de avanzar a pesar de las indiferencias, sin anteponerle una cara de problematización, cuyo objetivo sería desnudar las políticas segregacionistas a las que se sometía esa población. Así, ese malestar quedó dormido durante mucho tiempo, sintiendo en sus costillas el embate de la crueldad, asesinatos, injusticias por el color de piel diferente y que correspondería, a la normalización de la construcción de símbolos violentos otorgados por las clases dominantes ante lo que, al parecer, no querían explicar, no entendían o no les importaban. Así, en tanto algunos podrían pasear abiertamente en el Park Avenue con un sentido de mayor confianza, en Harlem, podría respirarse un ambiente de peligro y claro está, de olvido inconmensurable. El sentido de comunidad dio un viraje muy peligroso, subjetivando simbolicidades que han representado una represión en forma de libertad, generalmente en el sentido liberal del término y del cual, legitima la opresión del Estado independientemente de que este infiera un discurso desde, el partido demócrata, sobre libertades. La tolerancia es un bien que debe de ser preservado mediante la razón instrumental y el uso de la fuerza. Las cogniciones colectivas deben de comprender, según el mensaje de Estado, que pueden ser libres en tanto que esa libertad sea pagada, a sangre y fuego, sobre individualizaciones, de entes ahistóricos, significando una letanía de pertenecer a las trivialidades del consumo y explotación mediante una forma de restricciones y sólo sí, el ojo público avala dicha sentencia. Termina siendo un estado de derecho de represión y violencias simbólicas por antonomasia contra la población negra y latina, los sectores, más vulnerables, pero de mayor incremento demográfico y apoyo económico.

Hoy, el pueblo afroamericano, diezmado por la pandemia, por la carencia de un sector salud que responda a las necesidades equitativas sociales, la exclusión social derivada de esquemas irracionales que justifican el  ascenso de una persona por el color de piel, el mantenimiento de la precariedad urbana sobre la cual la planificación de la normalización urbana, se vuelve una tendencia panóptica de control poblacional, la represión y asesinato de odio que visibilizan a un Estado nacionalista, tratando de justificar su papel en una modificación de leyes y normas sociales que vendrán en los próximos meses y cuya coyuntura se toma a no más de 6 meses de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, casos de corrupción y un partido demócrata que ha preferido voltear y olvidar a una población arrasada por los efectos psicológicos de la represión social. Hoy, en Estados Unidos, no existe funcionario de ningún nivel que no pueda sentirse avergonzado ante la asunción de esas normas de comportamiento que ocultaron durante tanto tiempo y que, en medio de una modernidad plagada de consumo, sean los elementos tecnológicos los que permiten la representación y captura de la realidad, quien vea el brote de esa segregación racial en lo que consideran el segundo mejor estado para poder vivir. Minneapolis recuerda que su historia y la historia de las clases sociales estadounidenses se encuentra fuertemente relacionada con el color de piel, con el trato preferencial que ha marcado a la nación defensora de las libertades, “paladín” de la democracia pero que, en la cuestión política, sigue siendo la misma nación estadounidense expansionista, Estado nacionalista, al cual no le importa el color del papel monetario, aunque sí, del cual genera un sentido de identidad, rígido, inflexible, irracional, delirante.

¿Cómo podríamos no sentirnos indignados en el mundo al ver las imágenes de George Floyd tratando de aferrarse a la vida, sometido por una estructura social que no le importa la vida sino la defensa del Estado por medio de su razón instrumental?

¿De qué forma se puede mantener la consideración de una nación defensora de la libertad cuando al interior de su cotidianeidad el negro y el blanco son dos formas de vida, de dominación y de exclusión social?

¿Cómo quedarse en casa en medio de una catástrofe (más de 100 000 defunciones debido al COVID-19) que no ha podido resolver o no ha querido por cuestiones políticas y cuya población afroamericana y latina se han visto mermadas, en una acción que se percibe como darwinismo social?

¿Cómo voltear hacia otro lado cuando el llamado de la solidaridad nos recuerda los pasos de Luther King, Malcom X, y tantos defensores de derechos de la comunidad negra de aquel país?

¿Cómo no indignarse cuando el fascismo se hace presente y nos recuerda que jamás se fue, sino que se adaptó a los tiempos y, en su lugar, el aspecto financiero gobernó con el mismo hilo de discriminación?

¿Y cómo no alzarse bajo la protección de las sombras de la noche para poder respirar de lo sofocante que ha sido los procesos hegemónicos de dominación y mantenimiento de violencia cognitiva simbólica a lo largo de la historia estadounidense, especialmente con las comunidades afroamericanas?

El desarrollo de una sociedad volátil, que ha modificado los estándares de la civilización mediante el consumo como una moda y un status de vida, ha aprendido que el desarrollo de una sociedad se da a través del avance mediante cooptaciones de una medida situacional que conlleva al entramado de plataformas de conjuntos sobre las visualizaciones que se desarrollan a lo largo del país sin importar las experiencias que fulminan los sueños y reacomodan a través de instancias invisibilizadas por el despojo, la individualización y pérdida de subjetividades a favor de una población determinada y fuera de una reprogramación que termina por dañar las inferencias cualificables y deja a lo largo del mundo un halo de suspicacias y efervescencias.

El asesinato de George Floyd permitirá que las comunidades afroamericanas y minorías, se organizasen en colectividad para modificar estatutos segregacionistas, la protección de un ejercicio judicial que impone una ley mordaza, que no exige respuestas contrarias a su existencia y cuya tolerancia ha fomentado como su premisa que le concede el término de “sociedad civilizatoria”. El momento de las comunas afroamericanas que han actuado a lo largo de su historia, los movimientos de reivindicación deberán de prestarse al momento de la organización comunitaria con miras a conseguir una fortaleza en sus cuadros, la exigencia de demandas primarias y fundamentales como un departamento de sanidad digna, mejoramiento del sistema educativo fuera de toda metodología racial que la valida, el derecho a una vivienda, a un trabajo digno y el largo y siempre endeudado etcétera. Deberán, a partir de la situación especial vivida por el COVID-19 establecer dinámicas de fortalecimiento al interior de los derechos por defender la vida humana. La sensación de modificar todo el establishment se nota utópica y, claro está, ilusoria, pero si las modificaciones actuales están observando la modificación, nacimientos y caídas del nacionalismo, progresismo, etc., deberán de aprovechar el amplio margen de las movilizaciones para organizarse desde sus instancias y geografías para no volver a cerrar los ojos de la memoria histórica ante un malestar cultural guardado en caja de pandora por más de trescientos años.

Al final, la situación específica se desenvuelve sobre los parámetros determinados de exclusión, cuestiones políticas en el ejercicio de una alienación social. La segregación racial vista como un modo de sometimiento, de problemáticas sobre acontecimientos irrelevantes para una parte de la población. Se marcha sobre el ejercicio del Estado para invisibilizar la disparidad de clases sociales y las muertes selectivas que se han desarrollado bajo esquemas malthusianos. El incendio de la asfixia en Minneapolis, demostró que la historia de Estados Unidos se basa en un proceso de colonización y conquista: el mayor extermino de pueblos indios, la acumulación de riqueza en la explotación del hombre por el hombre, la experimentación humana a favor de la carrera armamentística, el empobrecimiento y el aumento en la división de clases sociales para fortalecer y satisfacer las necesidades de la clase dominante; el desarrollo de una idea racional sobre derechos, libertades y tolerancia; la apuesta por sacrificar a los sectores más vulnerables. El pueblo norteamericano deberá de dar un paso adelante, para comenzar a tomar su historia en sus manos y evitar que esa asfixia termine por ceder ante una embolia incapaz de pensar, reflexionar, problematizar, amar, resistir…

 

 

Daniel Sixtos

 

 

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