LA CULTURA QUE NO ES CULTURA

Una cultura que se mastique. Una cultura que ría. Una cultura que sepa bailar. Una cultura que sepa amar. Una cultura de rostro. Una cultura con rostro. Una cultura que camine. Una cultura que transforme. Una cultura de identidad. Una cultura de pertenencia. Una cultura bulliciosa. Una cultura amorfa. Una cultura rebelde. Una cultura de sueños y utopías. Una cultura crítica de la realidad. Una cultura desde abajo. Una cultura desde el corazón. Una cultura flexible. Una cultura de pasión. Una cultura científica. Una cultura popular. Una cultura contrahegemónica. Una cultura de resistencia…

¿Y si pensamos en una cultura que no ate, que no tenga un objetivo oculto, que no responda a las dobles intenciones de una clase pretendiendo dominar a otra? ¿Y si pensamos que esa cultura no es estática, de cobre, fuera del alcance de los mortales?

Una cultura que dignifique la vida misma, fuera de argumentos que limitan a los estratos sociales categorizándolos como alta o baja cultura. Cultura de varios idiomas hablada sobre las experiencias comunitarias extrapoladas a nuestro quehacer diario. Una idea que da vueltas, se detiene y piensa cómo salir a flote. Si su nacimiento no estará bajo el augurio de los tiempos de Fronda que le ha tocado vivir. Ideas que los dioses nos condenan a repetir.

No. No es una cultura que da el status a un determinado núcleo de personas. Tampoco trata de olvidar que cultura y sociedad tienen un lazo histórico que en las últimas décadas parece, lo han dejado al olvido. No es una cultura seca, fría, de viajes y de exposiciones que no hablan, condenados al silencio perpetuo y la interpretación subjetiva en un mundo posmoderno donde lo único irrisorio es que sus intérpretes son, en el peor de los casos, los intelectuales que abandonaron las sociedades por unas cuantas monedas de plata…

Se trata de una cultura en una comunidad con mucho o poco de coincidencia y poco o nada de oportunidad. Una cultura redentora de las causas por las cuales valía la pena soñar, desvelarse bajo el cálido abrazo de una luna que contemplaba muy calladita ideas que iban y venían en formas de delirios. Una cultura representativa de nuestra historia que forjamos todos los días, de nuestra memoria en vía de recuperación y con un ardid de ilusiones de agrandarla hasta el punto en que vuele por sí misma. Una cultura de sabores a realidades muy nuestras, que comparta nuestros llantos, nuestras alegrías, nuestras complejidades. Una cultura sacrificada por lo justo entre lo justo en tiempos donde lo injusto es un emblema patriótico. Una cultura de inclusiones, de participaciones solidarias, de abrazos compartidos, de amores que esperan curarse entre sí. Una cultura borgiana, cortaziana, pizarniana. Una cultura de pueblos originarios. Una cultura de realidades urbanas olvidadas y golpeadas por la sintomatología en decadencia del capitalismo. Una cultura gramsciana. Una cultura que grite lo que otros callan y señale donde otros voltean. Una cultura para reír en una rebeldía de alegría y de convivencia. Una cultura de paz. Una cultura del desarme de la naturalización de realidades golpeadas por la violencia. Una cultura de oportunidades para una juventud condenada antes de nacer a su expiación de culpas a través de la desmemoria, el abandono, la violencia, el olvido, el desamor…

Se trata de una manera de sentir el viento que rosa nuestras realidades y detiene el tiempo para construir donde se ha negado excavar. Construir un bastión de ideas, de resistencia de la palabra, del canto alegre, de los párpados extasiados de aventura, de las siluetas perfectas que brincan y cantan, que cantan y brincan entre siluetas. Una oportunidad para los tiempos del agotamiento de oportunidades. Una luz de esperanza de compartición esperando que lo individual también pueda ser colectivo. Que las esferas de la noche alumbren la senda que, aunque varada, ilumina de vez en vez los cuartoscuros y devuelve la voz a los más, que son los muchos.

¿Y si lo construimos juntos, juntas? ¿Y si concordamos que para avanzar habrá que retroceder, que para ir al sur tenemos que avanzar al norte, que para que allá oscuridad debe existir luz? ¿Y si pensamos que somos realistas y hacemos lo imposible? ¿Y si pensamos que pensamos y deliramos un ratito? ¿Nos agarramos las manos para darnos fuerzas de que no estamos solos, solas y que la larga noche es pasajera? ¿Soñamos juntos, lo hacemos? ¿Viajamos con la compañía de la eterna alegría? ¿Nos unimos con los cuentos que merecen ser contados ante oídos receptivos? ¿Nos ponemos alas para viajar, alas para soñar, alas para santificar, alas para amar, alas para besar, alas para anhelar?

¿Y si en ese viaje me encuentras? No me dejes solo, sola. Te tengo a ti. Sí a ti. No te conozco, aunque tengo la extraña sensación de que no es la primera vez que te veo, pero cuando te veo sé que es posible. Si me das tu mano, ya no estaré solo, sola, ya no tendré miedo. Podré caminar, aunque no vea muy bien hacia donde me dirijo. Y si agarro al de la izquierda ¿Se podrá? Así en lugar de dos, sabremos a tres y eso es mejor. Seamos pues uno que, si Pitágoras no miente, es mayor que cinco.

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