La Solidaridad Desbordada

“Seamos realistas, hagamos lo imposible” Che Guevara

La tarde del 19 de septiembre cambió todo. La probabilidad de que ocurriera un mismo evento en el mismo día con diferencia de 32 años, según los analistas y expertos en la materia, era de apenas un 5% de probabilidad. La naturaleza se conforma con eso. Para ella, una sociedad no se basa por cuestiones moralistas o leyes creadas para legitimar una situación determinada. La naturaleza no puede corromperse a pesar del esfuerzo de la oligarquía por saquear los recursos naturales a costa de lo que sea, esa situación, el desdén por la vida y como simple hecho natural ha quedado muy presente en la memoria mexicana en menos de cincuenta años. En la primera aprendimos que se puede corregir el rumbo, en la segunda comprendimos que para avanzar había que aprender que hubo cosas que no se aprendieron y, por el contrario, se desdeñaron. El efímero instante con que se aprecia la vida, por segunda ocasión volvió a circunscribirse en el tiempo de la sociedad mexicana.

Foto tomada del internet

Foto tomada del internet

Edificios que se mecían simulando el movimiento pendular, el suelo que parecía expulsar un grito de desesperación desde sus entrañas. Con una fuerza torrencial, en menos de dos minutos, constatamos que la vulnerabilidad no era un cuento de fantasías y que, por el contrario, desplazaba con sutileza la idea de una civilización avanzada, por una sociedad dañada en sus estructuras por la ignominia de las clases que, para mantener su reino, esclavizan civilizadamente a una sociedad carente de derechos, en especial aquéllos que llaman humanos. Ese movimiento pendular evocaba que tan corta es la vida como para vivir siendo esclavos de una modernidad que dictamina el avance constante hacia la esclavización perpetua de una vida a cambio, irónicamente, de aprender a sobrevivir en la vida…

Apenas un par de horas antes, el simulacro previsto como recordatorio del terremoto en la Ciudad de México en 1985, nos declaraba que, bajo medidas de precaución, seguíamos siendo principiantes y con un desprendimiento subliminal, el simulacro es, en la mayoría de las conjeturas iniciales hasta antes del terremoto, un buen momento para perder el tiempo.

Photo by Hector Vivas/Getty Images

MEXICO CITY, MEXICO – SEPTEMBER 21: Rescuers and volunteers work in a textile factory that collapsed two days after the magnitude 7.1 earthquake jolted central Mexico killing more than 250 hundred people, damaging buildings, knocking out power and causing alarm throughout the capital on September 21, 2017 in Mexico City, Mexico. The earthquake comes 32 years after a magnitude-8.0 earthquake hit on September 19, 1985. (Photo by Hector Vivas/Getty Images)

Las noticias corrían de un lado para otro, los que éramos espectadores de una televisión que vende dramatismo, nos congojamos con las imágenes de una ciudad que se caía a pedazos, con la impotencia recorriendo nuestros pensamientos. Para la tarde, esa abrumadora impotencia, se había convertido en tristeza inimaginable.  En esa tarde, si algo necesitaba recordarse era justamente la increíble multiplicación de manos que se detonó en un abrir y cerrar de ojos. La simulación de Jesús multiplicando pan y peces, se prestó a presenciarse en la realidad mexicana, salvo que, en esta ocasión, la urgencia era necesaria: el rescate de la vida y el cuidado de lo que aún tiene sentido en nuestra sociedad, si es que siempre se tuvo: la vida misma. México carente de héroes desde la Revolución Mexicana en la traición hacia Zapata y Villa, encontraba en el ‘85 como en el 2017, similitudes que enarbolaban los deseos más fuertes de una sociedad: el arropase de la misma sociedad.

Y bajo esa primicia simple, la sociedad que se decía dormida, un día como cualquier otro de septiembre, bajo un sol que cumplía su razón de profeta, un día que se quedará impregnado en la memoria más recóndita de la sociedad mexicana, por fin un día, esa sociedad criticada por su alto nivel de individualidad y de consumo, un día, caminó y por increíble que pudiera parecer, se abrazó…

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Brazos extenuados de mover escombros para rescatar la esperanza, pies que se negaban a continuar una rutina que los desintegraba lentamente, dedos que sentían el frío de las varillas, lo poroso de las piedras y lo preocupante de la vida, oídos que se agudizaban a decibeles tan bajos que por un momento se pensaba, podrían detectar las palabras que no se dicen y que termina por no decir nada. Y cuando parecía que nada podría seguir aportando en esas preocupaciones observábamos rostros empolvados por el polvo de lo que hacía no mucho eran edificios, y que terminaban por ocultar los rostros de cientos de personas que en un impulso de solidaridad tremenda se arrojaron sin más que la convicción de que una vida es válida porque siente. Y bajo esa primicia simple, la sociedad que se decía dormida, un día como cualquier otro de septiembre, bajo un sol que cumplía su razón de profeta, un día que se quedará impregnado en la memoria más recóndita de la sociedad mexicana, por fin un día, esa sociedad criticada por su alto nivel de individualidad y de consumo, un día, caminó y por increíble que pudiera parecer, se abrazó…

De una complexión delgada, la mayoría de una estatura promedio, la astucia de esas personas esta por demás comprobada al participar en diferentes misiones de rescate a lo largo del tiempo en distintos escenarios geográficos. Les llaman “Topos” y se distinguen por un color naranja que a lo largo del tiempo ha simbolizado lo más puro que se puede tener en asistencia humanitaria. Cada tanto se meten donde nuestras suposiciones toman forma. Para ellos, el mito es un simple paseo; enfrentan a la muerte de manera estoica, conociendo el riesgo de su profesión, cada exploración es un riesgo que se calcula y se encuentra dentro de las posibilidades, para ellos, esa inmersión entre los escombros es la luz bajo la oscuridad presente en situaciones de catástrofe. Podría decirse en las versiones modernas que son la luz de la esperanza cuando todo lo demás se piensa derrumbado, ahí, en esos momentos, en las horas de agonía, incredulidad y de un vacío afectivo por la devastación, siempre habrá un topo que afronte la vida con una elefancia sinigual. Siempre existirá quien nos recuerde que pese a las condiciones o las inclemencias tendremos la esperanza de una solidaridad desbordada dibujada bajo manos ajenas que rozan la piel indeterminada en busca de vida. Quizás, en ese imaginario, la labor más riesgosa que presente su trabajo sea el permanecer inquebrantables ante el encuentro con la vida, ante la posibilidad de que ese contacto regale otro instante más para mejorar y vivir como nunca antes se había imaginado. Así son ellos, así los recordamos. Y sea por eso, que los admiramos eternamente.20170911_172129_HDR.jpg

Desfilaron por esta catástrofe miles de personas, cientos de profesiones prestos a brindar su aporte profesional en el acompañamiento con quien se necesitara. No importaba en donde se encontraran, la situación esporádica de la vida individual, en cuanto los oídos escucharon con un corazón ardiente por ayudar, escaparon de las irrealidades que dicen se llaman realidades, y entre miradas de una memoria y abrazos, la sociedad civil se reafirmó. Tantos años, experiencias irrepetibles, eventos que marcaron el destino de la misma y que en la gran mayoría, por su accionar, costaron ese mismo sendero de corruptibilidad de la cual, una parte recae en su acción política, demostró también, que determinadas afirmaciones como el discurso de una sociedad diluida de un pensamiento reflexivo y crítico, con capacidad nula de empatizar se derrumbó y, ante el derrumbe presente, en el caos, la afirmación de que la organización es posible, del discurso pedagógico de dos más dos y de la reafirmación como sociedad con una memoria histórica presente, esa sociedad civil brilló tan alto que era difícil  no poder mirarla fuera de día o de noche, sin importar la nitidez tan fuerte de su resplandor que podría decirse sin vacilar, que ese calor que emanaba de ella, a más de uno lo transformó para siempre. Por momentos la falsa ilusión de la necesidad de partidos políticos como representantes del pueblo se colocó como la soberana mentira que se derrumbaba desde sus cimientos. Fue un mágico cuento de ilusiones que desborda por el encanto de la lengua adjetivada de la clase poética que, se vio superada en estas condiciones y que termino con su ropaje desgarrado por las inmobiliarias y los vastos sendos de corrupción que se ha cobrado la vida de cientos de personas. Solo por un instante, la idea de una organización comunitaria global se hizo presente y, huelga decir, a la clase política la ha hecho temblar.

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Fotografía tomada del internet

Y aún siguen las necesidades, los hechos que siguieron a la catástrofe se hacen presentes: Oaxaca, Chiapas, el Itsmo, Jojutla, la Ciudad de México, aún no puede visibilizarse como un objetivo cumplido o que la propia ayuda sirva como herramienta protocolaria de un primer instante, esta situación sigue requiriendo la ayuda de todxs, de terminar con la simulación de que todo se encuentra estable. En la política electoral cualquier acto que no cumpla las funciones de adquisición sea de un puesto político, de una ganancia política, no sirve para nada. Los damnificados son un costo político, pero para la sociedad civil debe de representar el atraso de falsas promesas, de disimulos que han vendido ayudados de los medios de comunicación y de la gran obra que implementaron mediante una sociedad hegemonizadora, cuyos procesos de desnaturalización se expanden en tanto que la participación comunitaria siga siendo indiferente para la gran mayoría de los intelectuales que, una vez más, sigan reproduciendo el discurso hegemónico sin la propuesta firme e inconmovible de los procesos de transformación. Que lo que unió a la sociedad civil mexicana permita seguir construyendo nuevas modalidades de participación, de un compromiso permanente, que sean los actores sociales de cada comunidad quienes comprendan que la organización no pasa por las prebendas, ni las promesas de campaña electoral. El camino de la sociedad mexicana queda marcado definitivamente por la solidaridad que todos los días se demuestra, contra el combate ante la injusticia en cualquier parte contra cualquiera, dejar de tolerar la indiferencia desde la individualidad como la excusa perfecta de una vida y sus ilusiones del consumo, del sacrificio sin necesidad de la explotación material de unos cuantos; salir del estado hedonista que no permite el acercamiento genuino con quien realmente vale la pena luchas y resistir: el otro. Sirva pues, que a pesar de la catástrofe a la que nos enfrentamos nos permita mantener una compartición de solidaridad permanente en un ejercicio desde las resistencias capaces de pensar, repensar, reflexionar y transformar en el pensamiento de una colectividad que pueda ser capaz de protegerse a sí misma. Lo vivimos dos veces con una diferentes de 32 años ¿Por qué no hacerlo constantemente hasta que se vuelva costumbre? Si en esa capacidad de un nuevo hábito se logran los primeros balbuceos podemos pensar, siquiera soñar en que otras sociedades, justas, equitativas, inclusivas, en verdad son posibles.

 

Daniel Sixtos 

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