Taller: Violencia de Género

Taller: Violencia de género

¿Cómo hablar de violencia en el filo de la tempestad?

No es fácil, requiere cuidado, paciencia. Sobre todo, requiere visibilizar las voces calladas, aturdidas por la rumiante asociación de hechos que siempre golpean en desmedida e inmortalizan la secuencia repetitiva de la violencia. A veces callada, otro tanto pasiva, casi siempre contra los y las mismas. Siempre con un pronóstico complicado. Se repite ese tracto social; pareciera que cuando se le nombra ya ha llegado con anterioridad a complicar el panorama, a destruir planes de vida, a sembrar el terror. Una sombra de ambulante que corroe lo que toca y que pocas veces se deje ver al resplandor de la luz. Cuidarse, dicen.

Cuidarse de cómo vas vestida, que tipo de conducta tienes, no seas provocativa, mandamientos para “evitar” la proliferación del tan conocido “te lo buscaste” “Si me quieres harás esto por mí…”. Una mirada aquí, un manoseo allá, chiflidos por doquier, un pensamiento cruel recorriendo los pasos, acechando en todo momento sin remordimientos, sin  tacto, con demencia, de conductas patológicamente detectadas y sin respuesta de acción de los señoritos de corbata.

No. Definitivamente no es fácil. Es tan complicado que acalambra cada extremidad ante la deducción que habrá de ver la luz. Una maraña de experiencias que, cuando se rasca, se abren recordatorios de lo que ha sido, de lo que me espera, de lo que atañe el futuro. Miradas de preocupación, de hartazgo, de análisis reflexivo sobre una praxis cotidiana, sobria la mayoría del tiempo. Un espejo donde ella observa, estruja el ceño y habla sobre la escucha siempre activa. Generar transformaciones, potencializar habilidades, pero ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Para qué?

¿Cómo explicar que esos números, los que dicen y hablan y los manipulables, son una realidad que estrangula? ¿Cómo ostentar una paz cuando son tiempos oscuros, tardíos, pusilánimes? ¿Hacia dónde mirar o hacia dónde correr si los caminos empedrados terminan por ser un círculo vicioso llenos de poder, de ganancias económicas exorbitantes? Y ¿Cómo no indignarse y gritar, gritar hasta que el mausoleo sonoro cobre vida y estrangule al coloso de pies de barro?

Y aún con esos sentimientos y sentidos que memorizan las tradiciones y los hábitos se crea en colectivo una masa de ideas, pensamientos, choque visceral entre la realidad habituada y la que se crea desde abajo, la que tiende a la invisibilización por los medios y las esferas políticas pero que para nosotrxs está presente deseando asomarse y presentarse. Niños, niñas, mujeres aglutinadxs ante la perspectiva de conocer, sentir, repensar y sobre todo crear. Ni una más deja de ser una frase contextual de las redes y adquiere significado perpetuo en la memoria histórica que realiza la comunidad: visibiliza esos estereotipos que le dictan el mantenimiento del status quo, como siempre, escrito por ellos y olvidadas ellas. Pero no solamente de ellas, de sus experiencias, como si el recuerdo supurara ante cada mención. El miedo se encuentra en las palabras que adquieren significados y, sobre todo, aprendizaje de las dimensiones en que se injerta esa violencia de género.

Hablar de violencia de género es, para nosotrxs, hablar de equidad, de visibilizar los procesos de tortura psicológica, violencia cultural y física, de crear condiciones de respeto para nosotrxs, de acabar con la pantomima de estereotipos caducos y sometedores no sólo de condiciones sociales, que ya es grave, sino de la realidad. Una realidad que hoy, la pintan ellas, nuestras compañeras en ese juego dialéctico y que no esperan una respuesta pasiva, sino que la ejercen, hablan, escuchan desde la comunidad, en la comunidad, con la comunidad. Allí su voz por primera vez, en nuestros alrededores canta al unísono sobre la hora postrera que acaba de empezar y cuyas herramientas empleadas estarán sobre las bases del significado de ni putas, ni santas, simplemente mujeres.

Así lo hacen saber. Así lo haremos valer.

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